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De ayer a hoy. El comportamiento de los sanitarios en tiempos de epidemia (Carmel Ferragud)

Poco después de que empezara el confinamiento muchas personas pensaron que quienes arriesgan su salud, y algunos más que eso, particularmente las trabajadoras y los trabajadores de la sanidad, merecían un sincero homenaje. Esta manifestación de agradecimiento se ha venido desarrollando de forma diversa, ya fuera con palmas y silbidos enérgicos, con percusión doméstica (aunque no toda estuvo dirigida a este sector, ni por las mismas razones), y al menos en mi tierra, Valencia, que somos muy dados a la música, con tabal i dolçaina (tambor y dulzaina) u otros instrumentos de los que configuran las bandas musicales que tanto abundan por aquí. Bien merecido que lo tienen, por supuesto. Pero al fin y al cabo son profesionales, son sus conocimientos, que tanto les costó adquirir, es su vocación y es su trabajo, que hacen a diario tan bien, y su compromiso ético, deontológico, lo que les hace continuar, sin que todo ello quite la heroicidad que supone seguir adelante en condiciones tan adversas como las que estos días les ha tocado vivir (no puedo evitar pensar en amigos y amigas médicos, enfermeros y farmacéuticos que trabajan en hospitales y centros de atención primaria…). Seguramente nadie habrá pensado en la huida como posibilidad para evitar poner en riesgo su vida (o tal vez sí).

Cuando estudio la actitud de los practicantes de la medicina durante las epidemias que se sucedieron en mi querida Edad Media, las cosas cambian bastante. Y no es que aquellos médicos no tuvieran una preocupación profunda por la etiqueta médica, por cómo debían comportarse con sus pacientes y familiares y amigos para llevar adelante con éxito su actividad clínica. El médico era al fin y al cabo un imitador de Jesucristo, el más grande de los sanadores y el modelo a imitar ‒siguiendo una larga tradición con sustento bíblico‒, pero que en un mundo mercantilizado extraordinariamente había encontrado un lugar para una remuneración salarial. El reconocimiento social convirtió a no pocos de ellos en individuos con gran prestigio, adinerados, algunos con señorío propio y vasallos; se alimentaron con abundantes carnes y todo tipo de placeres del paladar, como cualquier otro miembro de la élite, consumidos por la gota en su vejez (ya se sabe que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace). Estos médicos, que vestían con seda y tafetán para remarcar su prestancia, ¿cómo afrontaron los envites epidémicos?

A muchos le vendrá a la cabeza el Decameron de Boccaccio, una obra escrita en tiempos de epidemia, en un retiro campestre de familiares y amigos que así se lo podían permitir. En Valencia, el famoso Jaume Roig, médico de conventos, hospitales y servidor de la reina María, esposa de Alfonso el Magnánimo (inagotable la literatura sobre este galeno, con un libro recién publicado[1] y una tesis doctoral[2] que espera su defensa en cuanto acabe nuestro confinamiento), escribió, entre 1459-1460, una de las obras más importantes de la literatura catalana medieval, el Espill, mientras se encontraba huyendo de la peste en Callosa d’en Sarrià, señorío perteneciente a su amigo Guerau Bou. Hay que decir, en honor a la verdad, que hubo una circunstancia que explica, en cierta medida, su retiro: la muerte de su esposa Isabel Pellisser en julio de 1459, quién sabe si debido a la misma peste.[3] Cuántas responsabilidades abandonadas, forzadas por distintos motivos, y conflictos propiciados por la huida de estos médicos… En 1431, un pleito ante la corte del gobernador del reino de Valencia enfrentó al médico Joan Vallseguer, uno de los más importantes de la ciudad, a Anglesa, la prioresa del convento de Santa María Magdalena.[4] El motivo era la negativa a pagarle el salario que reclamaba, pues no tenían contrato firmado con él. Las monjas interrogadas afirmaron que Vallseguer las visitaba, pero porque él así lo quería. En realidad, el médico pensionado por el convento era Bernat Oliver, huido a Morella durante la anterior epidemia. Como se ve, había pocos escrúpulos a la hora de abandonar una responsabilidad médica ante la acuciante necesidad de salvar la vida. De hecho, si bien en los contratos se establecía la obligatoriedad de permanecer en la villa o ciudad donde el médico estaba contratado, no había ninguna cláusula, o yo nunca la he encontrado, que hiciera alusión a qué responsabilidades tendrían el sanador ante una situación epidémica; ni para municipios, ni para hospitales (en el reino de Mallorca fue un esclavo llamado Nadal el que arriesgó su vida en un hospital de Ciutadella curando enfermos ‒hasta 80 según consta en el documento‒ durante la peste de 1348; sobrevivió y el monarca Pedro el Ceremonioso, a petición de las autoridades municipales, le premió permitiéndole ejercer la medicina sin licencia), ni para cualquier otra institución.

Seguramente debieron existir muchos pequeños decamerones, anónimos, que no han trascendido, y en ellos se vieron envueltos los médicos. Aquellos que pudieron huyeron al aislamiento de la montaña o el campo. Hace tiempo tropecé con un documento en el que un habitante de la ciudad había alquilado una alquería en la huerta de Valencia mientras durara la peste. Eran tiempos de confusión y desorden. Las autoridades, formadas por patricios acaudalados y nobles, abandonaban su responsabilidad en la dirección de la res publica. La revuelta de las Germanías en Valencia (1520-1521) tuvo entre sus causas la huida del gobierno municipal como consecuencia de una de las visitas de la peste.

Pero dentro de este caos y miedo hubo un grupo de médicos que resistió y dio su vida convencidos de que podían ayudar a sus pacientes buscando las causas y remedios de la enfermedad. Las pruebas las hay por toda Europa, y muy en concreto en Italia y en los reinos hispánicos.[5] Un ejemplo de ello fueron la gran cantidad de tratados que se escribieron a raíz de la primera gran epidemia de 1348. El leridano Jaume d’Agramunt escribió su Regiment de preservació de la pestilència,no en la lengua de la ciencia y la medicina académicas, el latín, sino en catalán, para que su comprensión y uso fueran posible, más allá del círculo de sus colegas universitarios.[6] Además iba dedicado a las autoridades de su ciudad que debían velar por utilizar los mecanismos para prevenir el contagio y actuar ante su llegada. Agramunt murió durante aquella terrible epidemia. También, en la villa de Morella se recoge una colección importante de testamentos de 1348 donde algunos médicos están presentes al pie de últimas voluntades.[7]

Ahora bien, los médicos no fueron ni mucho menos los máximos protagonistas de la atención a las necesidades de la sociedad medieval. Como explicara hace tiempo Luis García Ballester, y muchos estudios lo han demostrado después, el barbero fue el auténtico protagonista de la atención médica en villas y ciudades. Para estos la huida era una solución imposible. Por ello, es común encontrar en los testamentos de muchos individuos enfermos de peste a barberos que actuaron como sus testigos. El notario o alguno de sus escribanos acudía a redactar las últimas voluntades, y allí estaba el barbero, atendiendo como podía a pacientes moribundos.

Desbordados por la situación de la Covid-19, no pocas personas que sufrían otras enfermedades antes del inicio de la pandemia y el confinamiento han visto suspendidas sus visitas médicas, las pruebas diagnósticas a las que debían haberse sometido e incluso alguna operación quirúrgica. Para ellos y ellas, las incertidumbres son dobles; al miedo a su enfermedad se suma ahora el de un posible contagio vírico. Un amigo que está sufriendo esta situación me decía que se sentía como si hubiéramos retrocedido siglos en el tiempo. Parece como si uno tuviera que conformarse con los remedios caseros que tiene más a mano, y esperar, como pueda, que el tiempo de la pandemia pase lo más rápido posible. Es cierto que todas las sociedades han contado con múltiples recursos para hacer frente a la enfermedad, más allá de la medicina oficial. Para los que todavía profesen alguna religión uno de los grandes remedios contra las epidemias, muy usado en la Edad Media, era la oración. Eso sí, ahora no colectiva ya que las procesiones no se han estimulado, lógicamente, sino que a diferencia de la Edad Media se han suspendido. En aquellos tiempos, los remedios del cuerpo y del alma eran inseparables.[8] A otros les parecerá mejor recurrir a los remedios caseros del recetario doméstico o a las mil y una soluciones que circulan por la red, y que atraen siempre a muchos públicos. El miedo, la incertidumbre o la desconfianza generan siempre inquietudes que llevan a buscar soluciones muy diversas. Pero también es cierto que a pesar de las críticas, de antes y de ahora, tanto la sociedad medieval como la nuestra vieron en la medicina académica, en sus conocimientos y recursos, y en sus practicantes la garantía de que su salud, el bien más preciado, estaba en las mejores manos.

Carmel Ferragud es profesor titular de Historia de la Ciencia en la Universitat de València y miembro del Instituto Interuniversitario López Piñero.


[1] Bruno de Den, Darrere l’Espill. Apuntes sobre Jaume Roig y su entorno familiar, Valencia, Jesús Ángel Garrido Calero, 2019.

[2] Alfredo Garcia Femenia, Pràctiques d’escriptura en la família Roig: alfabetització i educació gràfica en el llindar de la modernitat (València, 1450-1518), Tesis doctoral de la Universitat de València, depositada.

[3] Jaume Roig, Espill, edición crítica de Antònia Carré, Barcelona, Barcino, 2014.

[4] El documento lo recoge José Rodrigo Pertegás entre sus anotaciones, contenidas en José L. Fresquet, Mª Luz López Terrada, Jesús Catalá y Juan Micó, Archivo Rodrigo Pertegás, Universitat de València-Fundación Marcelino Botín, 2002, CD-Rom.

[5] Shona Kelly Wray, «Boccaccio and the doctors: medicine and compassion in the face of plague», Journal of Medieval History, 30(3) (2004), pp. 301-322.

[6] Jacme d’Agramont, Regiment de preservació de pestilència (Lleida, 1348); estudios introductorios y glosarios de Jon Arrizabalaga, Luis García Ballester y Joan Veny; edición Joan Veny; ilustraciones Josep Minguell, Barcelona, Enciclopèdia Catalana, 1998. Accesible en http://data.cervantesvirtual.com/manifestation/231038.

[7] Manuel Grau Montserrat, «La peste negra en Morella», Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura, 46 (1970), pp. 148-160.

[8] Abigail Agresta, «From Purification to Protection: Plague Response in Late Medieval Valencia», Speculum, 95/2 (2020), pp. 371-395.

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