La enfermería argentina en tiempos de crisis sanitaria (Karina Ramacciotti)

Desde la declaración el 19 de marzo de 2020 de las medidas de aislamiento social preventivo y obligatorio en la Argentina, a partir de las 21hs en las grandes ciudades se escucharon aplausos como homenaje al personal sanitario que ha debido enfrentar la pandemia de coronavirus en condiciones de precariedad laboral y escasez de insumos. Esta práctica fue tomada de las que surgían en las ciudades europeas, que, por entonces, estaban pasando por momentos de gran cantidad de personas contagiadas y muertas. Estas acciones no vinieron acompañadas por un debate público en torno al porqué de esas condiciones laborales ni a qué interpretación se le podría dar a dicha situación, dados los años de abandono de la salud pública. En Buenos Aires, este ritual colectivo duró pocos días; fue más una necesidad de conexión con el otro al inicio de la pandemia que un homenaje sincero.

“Silencio hospitalario”, 1953

Esta imagen de aplausos desvanecidos que no sirvieron ni para homenajear ni para poner sobre el tapete el estado de la salud pública, hace de detonante para reflexionar sobre el lugar que ocuparon históricamente y en el presente quienes tienen la responsabilidad profesional de cuidar en el sistema de salud. Recordemos que cuidar denota un fenómeno multidimensional, dinámico y complejo, con componentes científico-tecnológicos orientados hacia la dimensión biológica de la persona cuidada y componentes humanísticos orientados hacia la dimensión emocional, intelectual, social, cultural y espiritual. Asimismo, y retomando la idea de Ariela Micha y Francisca Pereyra (2016), las trabajadoras y los trabajadores del cuidado desempeñan actividades que contribuyen a la salud, la seguridad física, y el desarrollo de habilidades cognitivas, físicas o emocionales de las personas, y que interactúan directamente con los receptores del servicio en cuestión.

Por lo tanto, el sector laboral vinculado a quienes cuidan de manera profesional es muy variado. En este texto nos vamos a concentrar en el trabajo del sector de enfermería. Sabido es que en las narrativas las enfermeras no forman parte del “Panteón” de la medicina. La historia de la medicina suele estar cargada de relatos de trayectorias de galenos en los que se destacan sus virtudes y logros tanto en el terreno de la ciencia como en el de la política. Estos relatos laudatorios han contribuido a la difusión de información básica sobre ciertas figuras “relevantes”, pero suelen obviar a otros personajes que tuvieron un rol destacado en la especialización de funciones de las agencias sanitarias y quedaron al margen tanto de las historias oficiales como de las que pretenden diferenciarse por una mirada más crítica y renovada. Me refiero tanto a las médicas como al amplio abanico de tareas sociosanitarias que estuvieron en manos de las mujeres y están invisibilizadas. Es una historia que implica la construcción de un proceso fascinante, que incluye a quienes están en los hospitales, junto a los facultativos más descollantes; a sus “auxiliares” en los laboratorios, a funcionarias que completan rutinariamente formularios, informes, historias clínicas para la administración de la gestión de la investigación, o para la salud. Muchas son mujeres, como las visitadoras de higiene y su papel se refleja a veces en textos burocráticos, o debe ser imaginado a través de otras escrituras, justamente, las de quienes planifican las políticas y dependen de aquellas para su ejecución. Las agencias estatales requieren de estas personas para proveer vacunas, brindar cuidados, asistencia y medicinas, y gracias a su esfuerzo, comprensión y afecto, se pueden detectar dolencias invisibles ante la mirada clínica. Pero, que sean labores que han tendido a la feminización no implica que dichas tareas sean un patrimonio natural de ellas, sino que responden a una construcción histórica y socialmente impuesta, que determinó entre otras cosas, las diferencias y las desigualdades que la caracterizan respecto de otras profesiones no feminizadas.

La enfermería en la historia del sistema de salud público

En los grandes centros urbanos de la Argentina, las tareas de cuidado y asistencia a las personas que demandaban atención en el sistema sanitario estuvieron ligadas a las labores que las mujeres brindaron, dadas sus supuestas virtudes vinculadas a la caridad y a los cuidados, como espacios donde desplegar sus dotes innatas. Las urgencias que motivaban los brotes epidémicos, los accidentes laborales y las enfermedades infantiles, el mantenimiento de vidas frágiles y dependientes, entre otras cuestiones, solían tenerlas como principales dadoras de atención y cuidado. En las salas de los hospitales fue habitual la presencia de las Hermanas de la Caridad, religiosas de otras órdenes y mujeres de sectores populares que se acercaban a los hospitales y ejercían como cuidadoras, enfermeras, mucamas, voluntarias o secretarias. El atractivo, para estas segundas, podía ser un exiguo salario, la esperanza de obtener, en algún momento, un cargo efectivo, la entrega de alguna propina, o tener un techo y comida. Las religiosas tenían una mayor jerarquía, ya que organizaban las salas y podían dar órdenes directas al personal que allí trabajaba. Con excepción de algunos de los hospitales administrados por comunidades inmigrantes, que contaban con cursos de enfermería o pequeñas escuelas como, por ejemplo, el Hospital Británico, no existían ámbitos, ni bajo la tutela estatal ni universitaria, para la formación profesional (Ramacciotti, 2020).

La lógica del sacrificio y la cardad que guiaban a estas estas actividades, fueron argumentos funcionales para mantener sueldos bajos o ad honorem. En efecto, al considerar esas intervenciones como propias de sus condiciones naturales, se produjo una desvalorización de sus tareas y, como consecuencia, un menosprecio a su capacitación y a sus derechos laborales. La concepción del trabajo femenino como complementario al presupuesto familiar sostenido por los varones también reforzó el mantenimiento de salarios inferiores.

En este primer momento los espacios formativos tendieron a orientarse exclusivamente a una formación práctica, focalizada en las tareas de limpieza, cuidado, atención de los primeros auxilios y al estricto acatamiento de las prescripciones médicas. Un hito importante de la modernización del cuidado sanitario en la ciudad de Buenos Aires estuvo ligado a los cursos que impartió Cecilia Grierson, primera graduada en medicina de la Universidad de Buenos Aires (1889). Dichas clases estuvieron destinadas al personal que trabajaba en los hospitales porteños, y algunas de ellas tuvieron lugar en los consultorios de los colegas de Grierson, quienes apoyaron su iniciativa pues consideraban necesario formar profesionales en enfermería o, al menos, instruir al personal que se ocupaba de dichas labores. Estas clases fueron el inicio de la Escuela de Enfermeras, Enfermeros y Masajistas de la Ciudad de Buenos Aires (Martin, 2015).

En las décadas de 1940 y 1950 el crecimiento de puestos laborales vinculados a las tareas de cuidado y de enfermería fue motivado por la expansión hospitalaria, el incremento de las campañas sanitarias y la modernización en las técnicas médicas que demandaban mayores tareas en su implementación. Si en la etapa anterior las prioridades en la formación profesional estuvieron basadas en resolver la emergencia sanitaria, brindar primeros auxilios y atender en los hospitales; en esta segunda etapa, la asistencia se articuló con la faz preventiva y la preparación profesional. Esto significó que la capacitación para las enfermeras estuvo centrada en que tuvieran los conocimientos necesarios para salir de las unidades hospitalarias y ocuparse de la prevención, la atención y la derivación a los centros hospitalarios. Asimismo, las campañas sanitarias, tanto en territorio como en los espacios fabriles y escolares, tuvieron un lugar preponderante en la capacitación que ellas recibían. Sus espacios laborales fueron tanto los espacios urbanos como los rurales y, por lo tanto, a las preocupaciones de las enfermedades epidémicas e infectocontagiosas se sumaron las inquietudes por las enfermedades endémicas y crónicas. Durante estos años las políticas sanitarias estimularon espacios formativos para incrementar dichas pericias. A los espacios ya existentes se sumaron “La escuela de Enfermería de la Secretaría de Salud Pública” (1947) y la “Escuela de Enfermeras de la Fundación Eva Perón” (1948). Ambas colaboraron en la capacitación de recursos humanos para satisfacer las demandas de un sistema de salud pública más complejo (Ramacciotti y Valobra, 2015).

A partir de los años cincuenta y, a tono con lo que sucedía en otras latitudes, la enfermería pasó a tener un lugar en la universidad. Se mejoraron las técnicas a la luz de los cambios que se producían en la ciencia, la tecnología y la industria farmacéutica. Se modificaron los programas de estudio, se incrementaron las horas cursadas, se mantuvieron estrictas normas morales, ya que según se creía, el profesionalismo no solo pasaba por manejar prácticas modernas de asistencia y cuidado, sino por contar con pautas de obediencia y de disciplina que iban desde el uso del uniforme, hasta el mantenimiento de conductas consideradas ideales en la vida privada. Sus recorridos universitarios trajeron como consecuencia para muchas de ellas un salto cualitativo. En efecto, implicó su ascenso social, jerarquizó a la profesión e inspiró a que muchas de las universitarias tuvieran un papel importante en la representación de la enfermería nacional e internacional, y empezaran a ocupar cargos docentes y de supervisión en los espacios formativos y en las agencias estatales, tanto provinciales como nacionales, y tareas de edición en revistas profesionales. Como contrapartida, la existencia de enfermeras universitarias en los ambientes laborales amplió la brecha con quienes no tenían dicha titulación y potenció, aún más, las diferencias regionales, intergeneracionales y de clase (Ramacciotti y Valobra, 2017).

En la actualidad la profesión, según un estudio reciente, está marcada por salarios bajos, pluriempleo, falta de equipamiento e infraestructuras adecuadas, exposición a riesgos biológicos, químicos y físicos y estrés laboral. Entre las enfermedades asociadas a dichas condiciones, destacan las osteomusculares y articulares producidas por esfuerzos físicos que demandan las tareas, así como también alteraciones del patrón de sueño y fatiga, sobre todo entre las mujeres que trabajan en horarios nocturnos y deben compatibilizar el trabajo con las responsabilidades domésticas. Asimismo, la falta de recursos humanos conforma uno de los problemas fundamentales que afectan a la ocupación, y este déficit de trabajadores se manifiesta no solo por la escasez en el número de enfermeras/os en ejercicio y la consecuente sobrecarga laboral que esto implica, sino también por su calificación, conformando un déficit cuali-cuantitativo de recursos humanos (Micha y Pereyra, 2016).

La enfermería ante la COVID-19

Con la pandemia el panorama descripto empeoró. Estamos atravesando un momento que se caracteriza por la “prohibición” del contacto físico. Sin embargo, el sector de la enfermería, con medidas de protección adecuadas, debe seguir haciendo muchas de esas acciones para preservar la vida de otras personas. Aunque desde sectores de la prensa se reconozca a los “enfermeros [como] el recurso humano imprescindible para la lucha contra el coronavirus” y la Organización Mundial de la Salud haya declarado el 2020 Año Internacional del Personal de Enfermería y Partería por ser el aniversario de Florence Nightingale, ni una cosa ni la otra aminora las situaciones de discriminación que ha sufrido el personal sanitario en general, pero para el caso de la enfermería se cuentan varios incidentes tales como el sufrido por una trabajadora en la localidad de Santo Tomé, obligada a mudarse de su domicilio tras recibir amenazas de sus vecinos que la acusaron de ser un agente transmisor del virus.Tampoco es un hecho pasajero que la segunda víctima de coronavirus entre los profesionales de la salud haya sido un enfermero de 47 años del Instituto Médico Brandsen. Otra enfermera que trabajaba en un hospital de la Provincia de Buenos Aires, María Ester Ledesma, había presentado su pedido de licencia laboral por enfermedades prexistentes; ella y su madre fallecieron de coronavirus y su hijo está internado por estar contagiado de COVID-19. Ese último caso sucedido en un contexto de incremento de casos de infectados y de muertes diarias ha motivado la movilización sindical del sector de enfermería.

Ese “primer lugar de las trincheras”, como se suele decir homologando el ámbito sanitario con un campo de batalla, les expone a un lugar de mayor contagio dado la constante manipulación de los cuerpos para hacer las prácticas de control y rutina diarias. Se suele destacar la “vocación”, el “amor hacia el otro”, “su actitud de entrega” por encima de las concretas condiciones de trabajo, y la necesaria capacitación constante que les es requerida para que puedan estar a la altura de las demandas del sistema. La falta de insumos, de materiales de protección adecuados, son situaciones que, si bien no son nuevas, toman un mayor protagonismo puesto que no siempre fueron tan visibles como en estos tiempos.

El contexto pandémico puso en evidencia en el sector de enfermería situaciones de falta de reconocimiento de derechos laborales, actitudes de discriminación, desjerarquización de la labor a causa de la feminización y la condición de clase. Las voces de “expertos” en los medios de comunicación y las acciones celebratorias pasan, principalmente, por los profesionales de la medicina. Muchos otros saberes que tendrían bastante para aportar sobre las formas de evitar contagios y cuidar, en el sentido de ponerse en el lugar de ese otro al que se cuida, están ausentes en el debate público. Es muy pronto para anticiparse, pero quizás la muerte de María Ester Ledesma pase de ser un caso aislado y anecdótico y se convierta en un asunto público que permita abrir el debate y hacer escuchar los reclamos del sector, históricos y presentes. Salir del silencio hospitalario que intentó imponer el sistema de salud por medio de diferentes estrategias, tales como la imagen que ilustra esta aportación, es un horizonte deseable para el futuro próximo.

Karina Ramacciotti, Investigadora Independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en la Universidad Nacional de Quilmes, donde también es Profesora Titular de Historia Social.


Bibliografía

Martin, A. (2015). Mujeres y enfermería: una asociación temprana y estable (1886-1940). En C. Biernat, J. Cerdá y K. Ramacciotti (dirs.). La salud pública y la enfermería en la Argentina (pp. 257-286). Bernal: Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes.

Pereyra, F. y Micha, A. (2016). La configuración de las condiciones laborales de la enfermería en el Área Metropolitana de Buenos Aires: un análisis en el cruce del orden de género y la organización del sistema de salud. Salud Colectiva;12(2):221-238. doi: 10.18294/sc.2016.730.

Ramacciotti, K. (2020). El cuidado sanitario. Hacia una historia de la enfermería en Argentina. En K. Ramacciotti (dir.), Historias de la enfermería en Argentina. Pasado y Presente de una profesión. José C. Paz: Editorial de la Universidad Nacional de José C Paz.

Ramacciotti, K y Valobra, A. (2015). Feminización y profesionalización de la enfermería. En C. Biernat, J. M. Cerdá y K. Ramacciotti (dirs.), La salud pública y la enfermería en la Argentina. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.

Ramacciotti, K. y Valobra, A. (2017). El dilema Nightingale: controversias sobre la profesionalización de la enfermería en Argentina 1949-1967. Dynamis, 37(2): 367-387. http://dx.doi.org/10.4321/S0211-95362017000200006.

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